JOSEFINA MENDEZ: Bailarina excepcional

POR MIREYA CASTAÑEDA

 

Lago de los CisnesVER bailar a Josefina Méndez ha sido un privilegio. Justo cuando acaba de fallecer, deben rememorarse algunas de las cualidades que coreógrafos, críticos, público le han aplaudido: su “dignidad soberbia” en escena, su estilo personalísimo, su poderosa técnica.

 

Ella fue una bailarina excepcional. Una Joya del Ballet Nacional de Cuba, una prima ballerina en cualquier escenario, y fueron muchos los que tuvieron el honor de tenerla.

 

Por última vez subió al escenario de la sala García Lorca para festejar, en el 2005, sus 50 años bailando y enseñando. En aquel instante, Josefina venció al tiempo y su propia decisión de no bailar, regalando una estampa de Doña Rosita en Viva Lorca, y reiterando si fuera necesario por qué el crítico inglés Arnold Haskell la llamó “reina de la tragedia”.

 

Fue una velada singular, que retrotrajo a sus admiradores, entre los que me encuentro, a otras funciones, donde la armonía de su baile, el ímpetu de su lirismo, su técnica depurada habían provocado un real placer.Josefina Mendez

 

A lo largo de estos años tuve la suerte de entrevistarla en varias ocasiones. La técnica y el arte fueron siempre centro del diálogo. Para Josefina, la técnica, y hasta el estilo, deben ser consustanciales, y luego, estudiar cada personaje, pues el lado artístico es absolutamente imprescindible.

 

Como prima ballerina, de “buena línea y encanto natural”, así fue en sus actuaciones, reconocida por la crítica: técnica segurísima, estilo de gran clase, interminables y triunfantes balances, deslumbrantes arabesques, cabal sentido interpretativo.

 

Gracias a uno de esos encuentros, guardo una anécdota que ella relatara. Era 1972 y bailaba Giselle, en la Opera de París. Contó que llegó al teatro y la compañía tenía hacia ella una actitud cuando menos de helada espera. Comencé a ensayar —añadió— y al finalizar me percaté que todos estaban alrededor de la escena, un silencio cortante y de repente un aplauso.

 

Así lo apreció después el crítico André Philippe Hersin en Les saisons de la danza, París, 1972: “Muy pocas veces he visto tantas cualidades reunidas en una misma bailarina: técnica segura, equilibrio impresionante—como prueba, la célebre diagonal—, estilo excepcional, personalidad y emoción en el momento de la locura y en el segundo acto, legato, ligereza y lirismo”.

 

Alejo Carpentier escribiría de esa misma función: “Y podemos afirmar que desde mediados del primer acto la partida estaba ganada, Josefina se había impuesto por su perfecto dominio sicológico y danzario del personaje, su espléndida precisión, su autoridad manifiesta y su falta de nerviosismo…Ahí se afirmó de modo definitivo la personalidad de una gran bailarina ante un cuerpo de ballet que, entusiasmado a su vez daba lo mejor de sí mismo para secundar a nuestra artista…”.

 

Desde que el 27 de marzo de 1955 debutara en el Teatro Radiocentro de La Habana interpretando uno de los “napolitanos” (había pocos muchachos y Josefina era alta) en el III acto de El lago de los cisnes (Alicia Alonso e Igor Youskevitch en los roles centrales) en su paso por la escena siempre ha reflejado su alma.

 

Han pasado a la leyenda las palabras que la diva Alicia Alonso le dijera a la pequeña Josefina y que ella no olvidaría: Nunca dejes que te comparen, ni conmigo ni con nadie porque cada cual tiene su propia personalidad.

 

El tiempo lo demostró. Josefina Méndez hizo su propia Penélope, Juana de Arco, Cecilia Valdés, Odette-Odille, Giselle, Dionanea, Swalnida, Consuelo, Taglioni, Aurora, Lisette, Bernarda Alba, Flora, Kitri.

 

Bailarina de extraordinaria fuerza y expresividad, su brillante técnica nunca fue un fin en sí misma, siempre estuvo al servicio de la creación.

 

Luego dejó de bailar, aunque, como maitre principal de la compañía —me dijo una vez–, lo hacía a través de sus alumnos, y seguramente de su hijo, el primer bailarín Víctor Gili, de quien se sentía orgullosa y apreciaba en él “capacidad tanto para roles dramáticos como humorísticos”.

 

Es otro recuerdo imborrable. La noche de su retiro oficial en 1996. Josefina bailó junto a Víctor una coreografía creada especialmente para esa ocasión por Alberto Méndez, Intimidad.

 

Me comentaría entonces que el argumento se basa en una idea de ella, coreografiada excelentemente por Alberto. “Esta obra me permitió compartir con Víctor como partenaire profesional. Reconozco que en el montaje me costaba admitir que me tenía que cargar, cuando siempre había sido yo quien lo hacía. Sé que para él tuvo que ser muy duro; tenía en sus manos una gran responsabilidad, pero fue muy hermoso, porque después de los aplausos dejaba de ser la bailarina que le cedía el paso al relevo para convertirme en la madre a quien su hijo le entrega el corazón y un ramo de flores”.
Vendría en el 2003 una nueva emoción. Las cuatro joyas (¿sería posible no hacer mención?) Josefina, Loipa Araújo, Aurora Bosch y la ahora también fallecida Mirta Plá recibían el Premio Nacional de Danza. Al concluir la Gala, primeros bailarines de la compañía pusieron flores en los brazos de las divas, y comenté entonces: “nada tuvo más simbolismo que el instante en que se fundieron en un abrazo Josefina Méndez y el primer bailarín de BNC Víctor Gilí, su hijo. Sin dudas, la continuidad de la escuela cubana de ballet está asegurada”.

 

Luego serían tiempos de incertidumbre y dolor. Josefina Méndez con grave enfermedad, la que asumió con esa misma “dignidad soberbia”.

 

Llega ahora la triste despedida. Josefina Méndez ha muerto. Con su arte, sus alumnos, su hijo primer bailarín, nos demuestra que es verdad, nunca abandonará la escena.

 

(Granma Internacional)

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